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Cuatro siglos de presencia franciscana en Ruzafa


25 octubre 2026
Cuatro siglos de presencia franciscana en Ruzafa

Bajo el suelo de lo que hoy es el dinámico barrio de Ruzafa, se esconde un rincón donde la historia y la devoción se entrelazan. Este mismo lugar sirvió de escenario al rey Jaime I durante los días decisivos de la Reconquista, el punto estratégico que fraguó el nuevo destino de Valencia.

Poco imaginaba el monarca que su triunfo se transformaría, con el paso del tiempo, en un refugio de paz cristiano. Aquella tierra que vibró con el fragor de las batallas terminó albergando un monasterio consagrado al silencio, floreciendo primero bajo el amparo de Clara y, más tarde, bajo el de Francisco. Donde un día se decidió el futuro de un reino con la fuerza del acero, el tiempo esculpió un remanso de espiritualidad y memoria.

En lo que entonces era un arrabal agrícola, corría el siglo XVII, cuando unas mujeres vestidas de sayal marrón procedentes del Convento de Nuestra Señora de Jerusalén, observantes de la Regla de Santa Coleta, cruzaron el umbral de este recinto creado para ellas. Las vecinas invisibles del barrio. Mujeres que intramuros absorbían la luz del sol a través del claustro y que, sin embargo, abrían diariamente su puerta para regalar la Eucaristía a quien la necesitara. Eran las Hermanas Clarisas.

El tiempo, como siempre, implacable. Y el convento vio pasar tiempos buenos, difíciles y más difíciles. Vio pasar hasta una guerra que también golpeó el inmueble. Guerra, como siempre, destructora, que se llevó por delante, entre otras cosas, el retablo de la iglesia. Regresó la paz. Eran otros tiempos. Las vocaciones empezaron a escasear, y otras hermanas formadas del mismo barro, del mismo espíritu, abrieron la puerta, cargadas de nostalgia, a otras sandalias de paso firme, pero con el mismo canto del de Asís. Llegaron los Franciscanos abriendo puertas al mismo tiempo que los brazos. Hoy el convento de Ruzafa es casa abierta a todo el que quiere entrar a hablar de Dios, o a charlar con un vecino más. A pedir confesión o a ver el claustro. Al fin y al cabo, a compartir.

Los documentos pasados han contado lo que calló el tiempo. Una lápida en la iglesia da fe de aquellos que fueron los primeros en llegar para que en Ruzafa estuvieran presentes Clara y Francisco.

Hoy sigue existiendo ese mármol tallado. Sin embargo, los muros ya no callan, las puertas están abiertas. Los Franciscanos son los vecinos de aquí al lado. Presentes. Franciscanos que participan del clamor del barrio, Franciscanos que enseñan, Franciscanos que son y están.

La conferencia estuvo a cargo de Alberto Marín Pastrana, licenciado en Historia, archivero de los Conventos de Santo Espíritu del Monte (Gilet) y Nuestra Señora de los Ángeles (Valencia, Ruzafa).

Carmela Jiménez

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